La juventud de la sierra

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Qué cierto es eso de saber que lo que haces en tu avance por la vereda de la vida tiene su eco. Ya sea bueno o malo. Siempre existe una onda expansiva que afecta en su camino a los que de camino vienen tras de ti. Estamos cazando en La Palomera, en una sierra de mucha juncia y con arroyos desencauzados por las fuertes y deseadas lluvias. Voy a lomos de Talibán, que a punto ha estado de descomponerse al cruzar el río, pues la corriente llevaba fuerza y hasta los perros han temido atravesarla. Pero hay sintonía de lances, de ladras y hasta de temperatura. El día nos da una tregua para venir a lo que venimos; a sacar la cosecha de carne que tiene esta sierra.

              Lo vi desde temprano, el grupo de jóvenes (de “sementalillos” como cariñosamente les llamo) que han pasado todos por el amparo de las corvas de Talibán. Se han formado como morraleros, luego entrando con los perros. Finalmente, un afortunado día a la sombra de sus mayores, se les ha dado permiso para llevar a cabo lo más grande de sus vidas: portar seriamente un arma, bajo la tutela del respeto y la prudencia. Cuántos lances imaginados a través de esa mirilla, colmada de fuerza e ilusión… ¡Juventud divino tesoro!

              El caso es que estamos llegando al choque. Me he colocado frente a la mano de los perros para ser testigo de su encuentro y volver monteando a los camiones con celeridad y paso firme. Una ladra se sucede de improviso y cruza el acero un veloz marranete. El montero ni se encara, los perros están muy próximos y además los podenqueros están también cerca, por ello deja el lance sin culminar, por respeto y señorío. Pero la madre sierra quiere premiar ese gesto. El marrano es apresado a varios metros de la postura y comienza la algarabía. Talibán lo sabe y sale al encuentro veloz para dar la muerte rápida y limpia que en su día también nos enseñaron a nosotros.

              Llegué y vi la escena. El joven montero que acompañaba a su padre ha acudido al agarre a llevar a cabo lo que a cabo llevan los hombres. El cochino se defiende ante los canes, no es de tamaño superlativo pero desde luego ante la muerte todos apostamos lo más grande. Le vi nervioso, tenso pero estático. Al verme aparecer me mandó respetuoso silencio haciendo el gesto con el dedo índice junto a sus labios. Talibán horquilló; le conocía de otras veces aunque yo no recordaba a aquel mozalbete.

              Ya está apresado. Hay que entrarle. Le hago un gesto al joven desde el caballo, se acerca rápido. Le entrego mi cuchillo, para mí era un honor ser testigo de aquel lance, y quería que mi hierro fuera la extensión de la valentía de aquel rapaz. Lo tomó fuerte, me miró con fijeza y entró sin titubeos a culminar la faena. Lo vi claramente; con silencio absoluto pero decisión entró por detrás, se subió a las costillas del animal y, firme, le metió el cuchillo hasta los gavilanes. Lo meneó fuerte y se retiró para dejar a los perros los últimos instantes de afición. Limpió la hoja sobre la cerda, me devolvió el cuchillo. No pude menos que descubrirme y tenderle la mano por la magnífica lección dada y de la que me sentía orgulloso.

              Ya más sereno y con la seguridad de haber obrado bien, apresó la pata del jabalí y me espetó:

-Voy a sacarlo a cargadero para que lo recoja el postor. Gracias por el cuchillo.

              Talibán de nuevo enveló, aquel zagal era fruto de nuestros días pasados de montería.

-Enhorabuena campeón, has hecho algo que no todo el mundo es capaz. Olé por ti. Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

              Me sonrió mientras arrastraba a su pieza. Se volvió y sentenció:

-Me hiciste novio el año pasado. Mi nombre es Bosco Torre de Silva.

              Se me erizó la piel. Había crecido dos palmos. Lo que era un niño ya era un hombre. Y con hechos, no con palabras, acababa de demostrarlo.

              Cándida juventud… ¡Lástima que algunos hombres la pierdan desde que nacen!

              M.J. “Polvorilla”

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