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Montería en Valdelacasa, de cinegética Garrido

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Muy temprano había quedado Enrique Garrido con sus monteros en la mañana del día de la Hispanidad, en la que como siempre iba a cazar la finca de su calendario de Valdelacasa.

A las siete de la mañana comenzaban a llegar los allí citados a este gran día en familia, en el que por norma general el resultado pasa a un segundo plano, siendo cita ineludible en la que el protagonismo lo cobran los reencuentros después de una larga temporada en la que no coincidimos con
la mayoría de amigos aficionados. Siete y treinta cuando comenzaba el baile y el amigo Enrique daba las últimas indicaciones sobre la mancha y guardaba un minuto de silencio por los compañeros que tristemente nos dejaron en este impás entre temporadas.

Con muy poquita luz, todavía de noche comenzaban las bolas del bingo a repartir suerte entre los asistentes, con la intención de partir temprano al cazadero y disfrutar al máximo del potencial de las rehalas, a las que el calor está haciendo mella en estos primeros días del calendario.

Partían las dos primeras armadas con los albores de la mañana que se presentaba de momento fresca y sin aire. Poco a poco fueron saliendo los asistentes hacia el cazadero y no tardó Garrido en llamarme a filas, la armada el cierre de la cuerda, como el año pasado, llego con la vista fija en las cuatro papeletas que quedan encima de la mesa y escojo, siempre, la derecha. Hay que empezar con mano diestra.
Al darle la vuelta al asunto, el seis de la cuerda, ¡el puesto del año pasado!

Casualidades de la vida que de nuevo el destino me llevase al mismo sitio, con el amigo Toñin de postor, puesto precioso, con vistas a una gran hoya querenciosa a rabiar de encames de jabalí. ¡Como a mí me gusta!

He de decir que la armada no tenía una gotita de desperdicio, en el uno el amigo Andrés, esta vez en solitario, ya que Marisitos había quedado con los pequeñajos en casa, al dos mi compañera María, y así sucesivamente todos amigos y conocidos hasta Sergio Macías Durán que se convertiría en
el protagonista de la jornada en el número diez y último de la armada. Como os decía llevaba el seis y como conocía de sobra el lugar, no hizo alta inspeccionarlo en busca de trochas, ya sabía dónde estaban.

El reloj marcaba las diez y cuarto cuando se abrían los portones y ya se habían podido escuchar dieciséis disparos sobre las reses que se estaban moviendo con el trasiego de los vehículos. Con la suelta, pude escuchar perfectamente como los jabalíes, inquietos en su encame comenzaban a moverse, había guarros, y muchos en la hoya que teníamos delante.

Las ladras y los disparos se fueron sucediendo y cada vez se escuchaba más movimiento en lo apretado del monte que se estaba convirtiendo en un auténtico calderín, cocedero de jabalíes que a sabiendas de que estábamos rodeándolos, ideaban la estrategia para escabullirse.

Con la llegada de los punteros, comenzaron a repartirse jabalíes para todos, fallaban en el ocho, fallaban dos ocasiones en el siete, logrando pinchar uno, fallaba el compañero del 4, y un servidor no iba a ser menos, fallando el primero y quedándome con el segundo que intentaba salirse de filas por
mi posición.

No quiso unirse a la cuadrilla de “quemapolvoras” el amigo Sergio, que en el diez como os decía antes se hacía con el jabalí de la montería, al que habrá que echarle el metro.

Con la llegada de los perreros, salieron los jabalíes que quedaban azorados, pero barranco abajo, produciendo lances en otras armadas. La montería transcurrió entretenida y a la una menos cuarto se daba por finalizada la jornada y nos retirábamos a degustar una magnífica comida mientras se sacaba la caza.

Durante la comida, se homenajeó al amigo Eduardo Veiga que a pesar de su edad, se hace mil kilómetros todos los fines de semana para cazar con este grupo de más que monteros, de amigos.

El plantel en esta ocasión se ofreció un poco más escueto que en ocasiones anteriores, cumpliendo a pesar de ello, en el que se pudieron contemplar doce venados, dos de ellos muy bonitos, once jabalíes, destacando el de Sergio que habrá que medir, un muflón y una cierva.

Los asistentes aguantaron hasta bien entrada la tarde en la que no había ganas de abandonar el lugar gracias a la grata compañía y el buen ambiente que se respiraba.

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